Conventilleros
En esta casa
nos gusta discutir en voz alta
para que se enteren los vecinos...
No ponemos reparos
en los contraltos ni en los barítonos.
No escatimamos
aullidos ni maldiciones.
Ya entrada la tarde,
nos colocamos
frente a frente,
en el patio
y empezamos por lo bajo,
hasta elevar el tono y el volumen
al punto justo del escándalo.
Recién entonces,
los vecinos,
subidos en las terrazas
y sobre los tanques de agua,
se animan a asomarse
y dar sus primeras opiniones
acerca de la concordia
entre los pueblos
y la paz en el mundo...
Al caer la noche,
el invierno apacigua los ánimos
y todo se enfría...
Pero en los días de verano
en que andamos decididamente malhumorados,
aprovechan para echar más leña al fuego,
caldeando el ambiente
con verdaderas reyertas
desaforadas.
En todos estos años,
al calor de nuestras discusiones,
como en torno a una fogata,
se han formado
amistades duraderas
y enemigos irreconciliables,
noviazgos que prosperaron
en familias que proclaman,
en otros hogares,
a los gritos sus certezas,
grupos de afinidad
unidos por balcones o azoteas,
inquilinos separados
por ocultas discrepancias
doctrinarias o simples
cuestiones de pollera.
Los sábados de noche
usábamos megáfono
creábamos la gresca
con rotura de platos,
estridencias, peloteras
y en el patio se invocaban
todas las disputas y los temas:
la caída del cabello,
feminismo y patriarcado,
los múltiples usos del rayo láser,
la situación geopolítica del Congo,
con citas y notas bibliográficas
para completar el panorama
de vecinos exigentes y avezados.
Entre pulla y pulla,
los viernes bien temprano
se armaba de tertulia y mate amargo,
puteando con fina verborragia
sentencias de almanaque,
refranes, coplas populares
y cuando el fragor de la trifulca
lo indicara,
escenas enteras de La Odisea,
textos breves de Ionesco,
las obras completas de Kropotkin
y mensajes del comandante Marcos
desde la sierra Lacandona.
Así se difundían las ideas
en épocas de espanto y aislamiento;
los domingos de otoño
se acercaban
vecinos de otros barrios,
tendidos como medias
de los broches,
se aferraban con una mano a las antenas
y con la otra
pedían la palabra,
traían nuevas problemáticas,
discurseaban
y el debate se extendía
entre las casas
y en otros barrios celebraban
desavenencias multitudinarias
en asamblea permanente,
discusiones federadas.
Entonces
el mundo,
de verdad,
era una aldea
y no existían ya puertas ni ventanas,
distancias insalvables,
monólogos
ni mucho menos
medianeras.
En primavera
todos conocían algo de todos
y se sabía
que en este patio
nos gusta discutir en voz alta
para que se enteren los vecinos,
que andamos mal
entre nosotros,
siempre alguna crisis de pareja,
ganas de luchar,
de dar batalla;
ánimos de amor
y de pelea...


Cinzcéu dijo
Dijo la crítica: El regreso del Mono a sus vicios poéticos entrega un relato que evoca las lúcidas alegorías de Dolina, la canción suburbana de Bonaldi y las brillantes arritmias de Gelman. Desde la cotidiana retórica del barrio -"tendidos como medias de los broches, se aferraban con una mano a las antenas"- el Mono despliega un manifiesto de indudable relevancia artística e indiscutida actualidad política. Imperdible. Calificación: ))))) 5 bananas.
4 Agosto 2006 | 10:12