Aprendices de Frankenstein
Rota.
La silla rota.
Los platos rotos.
La dura aguja del reloj, partida.
Partida al medio
la ilusión, el ansia de sentarnos
a conversar junto a la mesa.
Roto el corazón, el hígado, las vísceras.
Rota la calma, la paciencia, la esperanza rancia.
Rota la mueca, el gesto, roto el espejo
en el que se repiten otras
varias roturas varias...
El sueño roto, el roto despertar de pesadilla.
Seriamente averiado el motor
que maquina las cosas.
Descuajeringada la mesa, entonces,
con sus patas vencidas y cluecas.
Decididamente rajado el diálogo,
la comunicación entre pares o impares
ante esa mesa rota, frente a esas sillas rotas.
Fracturada la pasión,
hecha añicos
la atracción entre opuestos que se aliaban
en la noche estrellada de galaxias.
Ya desintegrado el átomo de nuestro amor
en millares de unidades divisibles
por sí mismas.
Allí,
donde han desgarrado hasta el humor
y la amistad se torna quebradiza.
Cuando no quedan más que trizas,
fracciones
y trocitos que apenas causan gracia,
nos reímos,
con método implacable
volvemos a juntar pedazos sueltos,
dispuestos a fundir,
coser o remendar cada fragmento...
Por pura vocación.
Por mero encanto...


=La Fulana= dijo
Y bue, como llegué primera me lo apropio. Demás está decirle que para roto siempre hay un descosido, pero ¡qué trabajo esto de reir remendados o hechos pelota, eh! ¡Mire si nos habrán tirado a matar los hijos de puta...!
Le dejo un abrazo, Mono y otro al Tucán que con este post me hizo recordar al ave fenix :P
16 Junio 2006 | 07:25 PM