Me atraen las mezclas, los revoltijos, los pastiches, las tiendas donde se venden biblias junto a calefones. Me gusta cuando los futbolistas hablan de política internacional o las modelos ponen en funcionamiento sus siliconas o sus neuronas y atacan con profundas reflexiones filosóficas sobre la eternidad del cangrejo. ¿Quién dijo que un bloguero semianalfabeto no puede opinar sobre la teoría cuántica o el expresionismo alemán? Kafka escribió “América” sin haberla conocido nunca... ¡No hay cosa más insufrible que un poeta hablando de poesía o un abogado sobre leyes! Me encanta pues el intercambio de opiniones, de estupideces, de miradas cómplices.
No me causa tanta gracia cuando los curas gobiernan sobre el sexo, los periodistas se encargan de la realidad, los policías de la seguridad interior y los políticos de nuestra vida. No me agradan los socialismos “reales” ni los capitalismos “humanizados”.
Es que tengo un límite para mis gustos. No soy un mono ilimitado. La tolerancia infinita no es mi fuerte. Me gusta también ser vino en medio de tanto aceite.