El sentido del humor:
entre el pecado y la locura
El humor siempre estuvo asociado a la estupidez, a la cultura popular, al arte menor, a la bufonada cruel y sin contenido. ¡Nada más elevado y culto que una profunda y densa tragedia!
Este prejucioso concepto que prospera aún en nuestros días, proviene del fondo de los siglos, ya que antiguamente se creía que expresar gran júbilo era un pecado o un signo de poca prudencia. Durante cientos de años se vivió muy pendiente de las normas puritanas y represivas, siendo primordial que, tanto las damas como los caballeros, se mostrasen serios y recatados. La carcajada era cosa de ebrios o de putas. En la cama se prohibía todo tipo de exhibicionismo o manifestación de afecto, pues la cópula estaba destinada sólo a concebir hijos. Por lo que pensar en reír o gozar era prácticamente un delito.
Podría decirse que las mujeres fueron las más perjudicadas en este aspecto, ya que crecieron con la convicción impuesta de que el placer era sólo para los hombres, o corrían el riesgo de ser llamadas “mujeres alegres”. Sin embargo, hoy en día este prejuicio afecta por igual a los dos géneros. El varón que exagere su gestualidad o cometa el desliz de mostrar sus cualidades humorísticas con cierta frecuencia, será considerado un payaso (como si la ternura y la vivacidad de un clawn fuese un insulto o una minusvalía). Aunque en el territorio de la intimidad ya no se opine que los gemidos o las risotadas sonoras son propias de personas vulgares, en el ámbito público aún opera el pensamiento coercitivo. Así que, las señoras decentes y los hombres de provecho, optan por expresar lo más discretamente posible su alegría y placer desbordantes. Quizás porque la risa es contagiosa, pero demasiada felicidad podría provocar envidia...
El Humor y la enajenación
Aunque la risa es fundamental en todas las facetas de nuestra vida, la represión va opacando la gracia de los niños hasta fabricar grandes muchedumbres de adultos aburridos, hipócritas, solemnes o decididamente avinagrados. Se va instalando en nuestros cuerpos la idea de que para ser grandes y exitosos es necesario madurar, retener los sentimientos como si fuesen esfínteres y reír moderadamente para no pasar por locos inmaduros.
Y aquí aparece otro prejuicio, ampliamente difundido, que intenta asociar el humor con la locura. Por ejemplo: ¿puede uno reírse de un malherido, de un enfermo terminal, de alguien que sufre el hambre y la pobreza? Sin duda que sí. Todo puede hacerse en el territorio de la perversión y la crueldad humana, pero el humor, aún el más negro de ellos, tiene raiz en la parte más sana del individuo.
Esto es como preguntarse si los dibujos o poemas que crean los enfermos mentales en el encierro de los manicomios son obras de arte o simple catársis. ¿Un loco puede ser artista? Pues ya Pichón Riviere lo ha aclarado suficientemente. Sucede que, en el momento de la creación, el loco conecta con la realidad, se vale de palabras o trazos expresivos porque, en ese instante, ha logrado salir del sufrimiento patológico que lo acorralaba, del horror que implica la enajenación, y consigue sacar a relucir su parte más sana. Cuando el loco crea, cuando el demente recupera su sentido del humor, deja de estar loco. Al menos en ese breve instante de conección placentera.
Muchos confunden e idealizan la mezcla entre locura y arte. Sin embargo, no hay nada demasiado elogiable y expresivo en la locura. Y basta recordar nuestros propios momentos de neurosis o depresión, o visitar un manicomio estatal, para darnos cuenta de todo lo que tiene de dolor, aislamiento y humillación la demencia verdadera.
Y usted ¿de qué se ríe?
El humor, la capacidad de reír incluso de nuestra propia tragedia, son antídotos más que obvios que derrumban esa alienación insoportable a la que nos somete todo sistema opresivo. De allí que actualmente se realicen con tanto éxito “talleres de la risa” como una nueva forma terapéutica. Sin embargo, hay trampas que tiende el humor a aquellos incautos que se dejan arrastrar por su propia frivolidad o por pura soberbia. La ironía utilizada sistemáticamente como crueldad hacia los más débiles, deja de ser un recurso inteligente para transformarse en una muestra de solapada cobardía. Lo mismo sucede con aquellos que consiguen reír a fuerza de ocultar sus males o las problemáticas sociales y políticas. Su expresión de contento se parece a lo que algunos psicólogos llaman “la risa del ahorcado”. Ese gesto final que se apodera de los ajusticiados segundos antes de pasar a mejor vida, esa cínica mueca vacía.
El humor es el sexto sentido. Y, aunque se dispongan de todos los recursos propios de la ignorancia o la negación conformista, será imposible conseguirlo en su cálida y plena belleza. La carcajada surgirá allí donde menos se la espera, interrumpiendo discursos, falsedades, hipocrecías y amargas risotadas de hiena. Porque por más que se intente inyectarnos ese infame optimismo postmoderno, no todo estúpido es alegre, ni toda alegría estupidez...
Este prejucioso concepto que prospera aún en nuestros días, proviene del fondo de los siglos, ya que antiguamente se creía que expresar gran júbilo era un pecado o un signo de poca prudencia. Durante cientos de años se vivió muy pendiente de las normas puritanas y represivas, siendo primordial que, tanto las damas como los caballeros, se mostrasen serios y recatados. La carcajada era cosa de ebrios o de putas. En la cama se prohibía todo tipo de exhibicionismo o manifestación de afecto, pues la cópula estaba destinada sólo a concebir hijos. Por lo que pensar en reír o gozar era prácticamente un delito.Podría decirse que las mujeres fueron las más perjudicadas en este aspecto, ya que crecieron con la convicción impuesta de que el placer era sólo para los hombres, o corrían el riesgo de ser llamadas “mujeres alegres”. Sin embargo, hoy en día este prejuicio afecta por igual a los dos géneros. El varón que exagere su gestualidad o cometa el desliz de mostrar sus cualidades humorísticas con cierta frecuencia, será considerado un payaso (como si la ternura y la vivacidad de un clawn fuese un insulto o una minusvalía). Aunque en el territorio de la intimidad ya no se opine que los gemidos o las risotadas sonoras son propias de personas vulgares, en el ámbito público aún opera el pensamiento coercitivo. Así que, las señoras decentes y los hombres de provecho, optan por expresar lo más discretamente posible su alegría y placer desbordantes. Quizás porque la risa es contagiosa, pero demasiada felicidad podría provocar envidia...
El Humor y la enajenación
Aunque la risa es fundamental en todas las facetas de nuestra vida, la represión va opacando la gracia de los niños hasta fabricar grandes muchedumbres de adultos aburridos, hipócritas, solemnes o decididamente avinagrados. Se va instalando en nuestros cuerpos la idea de que para ser grandes y exitosos es necesario madurar, retener los sentimientos como si fuesen esfínteres y reír moderadamente para no pasar por locos inmaduros.Y aquí aparece otro prejuicio, ampliamente difundido, que intenta asociar el humor con la locura. Por ejemplo: ¿puede uno reírse de un malherido, de un enfermo terminal, de alguien que sufre el hambre y la pobreza? Sin duda que sí. Todo puede hacerse en el territorio de la perversión y la crueldad humana, pero el humor, aún el más negro de ellos, tiene raiz en la parte más sana del individuo.
Esto es como preguntarse si los dibujos o poemas que crean los enfermos mentales en el encierro de los manicomios son obras de arte o simple catársis. ¿Un loco puede ser artista? Pues ya Pichón Riviere lo ha aclarado suficientemente. Sucede que, en el momento de la creación, el loco conecta con la realidad, se vale de palabras o trazos expresivos porque, en ese instante, ha logrado salir del sufrimiento patológico que lo acorralaba, del horror que implica la enajenación, y consigue sacar a relucir su parte más sana. Cuando el loco crea, cuando el demente recupera su sentido del humor, deja de estar loco. Al menos en ese breve instante de conección placentera.Muchos confunden e idealizan la mezcla entre locura y arte. Sin embargo, no hay nada demasiado elogiable y expresivo en la locura. Y basta recordar nuestros propios momentos de neurosis o depresión, o visitar un manicomio estatal, para darnos cuenta de todo lo que tiene de dolor, aislamiento y humillación la demencia verdadera.
Y usted ¿de qué se ríe?
El humor, la capacidad de reír incluso de nuestra propia tragedia, son antídotos más que obvios que derrumban esa alienación insoportable a la que nos somete todo sistema opresivo. De allí que actualmente se realicen con tanto éxito “talleres de la risa” como una nueva forma terapéutica. Sin embargo, hay trampas que tiende el humor a aquellos incautos que se dejan arrastrar por su propia frivolidad o por pura soberbia. La ironía utilizada sistemáticamente como crueldad hacia los más débiles, deja de ser un recurso inteligente para transformarse en una muestra de solapada cobardía. Lo mismo sucede con aquellos que consiguen reír a fuerza de ocultar sus males o las problemáticas sociales y políticas. Su expresión de contento se parece a lo que algunos psicólogos llaman “la risa del ahorcado”. Ese gesto final que se apodera de los ajusticiados segundos antes de pasar a mejor vida, esa cínica mueca vacía.El humor es el sexto sentido. Y, aunque se dispongan de todos los recursos propios de la ignorancia o la negación conformista, será imposible conseguirlo en su cálida y plena belleza. La carcajada surgirá allí donde menos se la espera, interrumpiendo discursos, falsedades, hipocrecías y amargas risotadas de hiena. Porque por más que se intente inyectarnos ese infame optimismo postmoderno, no todo estúpido es alegre, ni toda alegría estupidez...


Klau dijo
La verdad no se qué hubiera hecho si hubiera vivido en aquellas épocas donde las mujeres que demostraban excesiva alegría eran consideradas ebrias o putas.
Yo soy de las personas que ustedes pueden conocer que se rie más que nadie!... si no pregúntenle a quienes más me conozcan de este blog!! (Lukitas, JAM, Migu o Platica)
En fin, para mi la risa es terapeutica... me encanta reirme y a la gente le encanta escucharme reir... la risa contagia, alegra, te pone a funcionar el 70% de los músculos del cuerpo, mejora la capacidad pulmonar... en fin..
A REIRSE TODOS Y A OLVIDARSE DE PERJUICIOS TONTOS!
Gracias a Dios existe la risa!
20 Octubre 2005 | 12:07 AM