La Coctelera

El Mono Sapiens

 

14 Octubre 2005

Tracción a sangre

Mi abuelo juntaba la bosta de las vacas, se metía en los campos
y cuando llenaba el camión hasta el tope se encaminaba
hacia las afueras de la ciudad donde empezaban las fábricas.
En los Hornos de Ladrillo cambiaba su carga
por anchos ladrillones bien cocidos, que llevaba hasta nuestra casa
y vendía luego en el barrio a albañiles y constructores.
Tiempos en que los carros eran tirados a caballo
y aparecían las primeras “chatas”, cachivaches con motores
encendidos a fuerza de manivela y puteadas.
Eran otros hombres, otras mujeres.
Más directos, más curtidos por el viento y la escarcha,
menos sofisticados pero sin vueltas ni embrollos.
Era una época en que las cosas se solucionaban
sin tantos intermediarios;
ni representantes políticos ni sindicalistas cobrando un solo peso.
Todo se decidía en asamblea, donde a nadie le faltaba la palabra.
Al capataz se le explicaban las quejas y las mejoras propuestas,
y si el patrón no entendía razones
alguien se encargaba de gritárselas en la cara.
La injusticia se combatía con los puños llenos de verdades compartidas
y todavía el milico podía ser frenado con un zapatillazo en la cara.
No se llamaba a huelga general solo por aumentos salariales;
las luchas tenían motivos humanitarios o sociales
como oponerse al trabajo de los niños, pedir libertad para los presos
o la reducción de las horas laborales.
No se hacían paros sin sentido, fragmentados y todos los días.
Como para malgastar y desprestigiar esa herramienta de pelea.
Cuando aquella muchedumbre salía, paralizaba el país
y hasta los relojes se detenían.
Teclear, en este instante, quizás siga siendo una tracción a sangre,
un impulso hecho con las manos... Sin embargo,
no pretendo volver a un pasado en el que nunca estuve,
ni hacer un poema con retazos de ayer y viejos recuerdos idealizados.
Pero no quieran tampoco venderme su verso
de que esta prehistoria, este presente pluscuamperfecto
conduce a un futuro venturoso y ya imparable.
Porque me acuerdo de mi abuelo...
¡Y una rebelión anarca me corre por las venas,
inflamándome de nuevas batallas!






































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El capitalismo no es salvaje. Es el imperio de la civilización, el más alto exponente de la perversión de la inteligencia usada para la dominación de la naturaleza y la explotación de animales y hombres, tratados como bestias de carga. Nuestro instinto de conservación, esa bella fiera apenas domesticada, resurgirá y seremos kingkones.
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