Una vez, Batman, quiso saber
como era ser plenamente Bruno Díaz.
Abandonó su máscara,
colgó su capa en la baticueva
y, por un tiempo,
decidió disfrazarse de magnate,
administrando el dinero de su tía.

Compró campos al sur de la Argentina,
tuvo que enfrentar a unos indios mapuches
que se resistían a mudarse a una reserva.
Se dedicó al negocio de la lana.
Empleados mal pagos y temporarios,
fueron esquilados peor que las ovejas.

Alguien le recomendó invertir
en la extracción de minerales...
Transformó pueblos enteros en desiertos,
montañas milenarias en canteras.
Taló tantos bosques, selvas tropicales
que lideró la industria del papel
y destrozó el otoño y las primaveras.

Su pasado de murciélago
fue dando paso al de vampiro
y casi sin darse cuenta,
aquel viejo paladín de la justicia,
fue peor que cualquiera de sus archienemigos.
Así que ya convencido que Ciudad Gótica
era la meca de la democracia y de las finanzas,
convocó al Guazón y al Acertijo,
formaron una empresa bati-transnacional
sumando el capital de Gatúbela y el Pingüino...

Envueltos con la fama de superhéroes,
hoy salen todos juntos
a robar por los caminos.