“Lo único que deseo para mi entierro es no ser enterrado vivo”. (Lord Chesterfield).

Esta angustiosa frase refleja que existe algo mayor que el miedo a la muerte, y es la preocupación de que un mal día nos encontremos dentro de un ataúd, solos, sin poder movernos, en una oscuridad completa, casi sin oxígeno y conociendo plenamente que hemos sido ¡enterrados vivos!
En todos nuestros países y en distintas épocas se han dado a difusión casos donde, aun dentro de la caja mortuoria e incluso en el mismo instante del velatorio, los individuos se levantan y, ante el susto de todos los presentes, vuelven a vivir.
Como no cuento más que con los casos que han sido de dominio público en Argentina y los que he recabado en internet, sólo puedo inicialmente agregar que la mayoría de los sucesos se relacionan con una enfermedad conocida como catalepsia, parálisis de sueño o catatonia.

LA CATALEPSIA
Esta dolencia se define científicamente como el estado nervioso patológico en el que se suspenden las sensaciones y se inmoviliza el cuerpo en cualquier postura, por antinatural e incómoda que resulte. En ella, las personas mantienen el cuerpo en la posición en la cual son colocadas. Esta reacción se suele observar en casos severos de esquizofrenia catatónica, pero también puede ser inducida por el estrés o por medicamentos tales como el haloperidol.
La catatonia de Kahlbaum constituye una afección que presenta una característica clínica bien precisa. El enfermo se presenta como doblado sobre sí mismo. Si se lo elonga, su flexión es tal que toma la postura de un feto, por lo que algunos psicoanalistas explican la catatonía como un retorno al estado fetal. Esta actitud en flexión -que si queremos enderezarla se acompaña de una resistencia activa muy fuerte-, constituye el síntoma mayor de la catatonía, el negativismo u oposición al cambio de posición.
Por otra parte, el semblante del catatónico es de una palidez especial, debida a una vasoconstricción de los vasos y capilares de la cara. Si sumamos a este color terroso del rostro la desaparición de la vivacidad en la mirada, tenemos la impresión de encontrarnos verdaderamente con un cadáver. Quizás por eso, los autores españoles de la Edad Media, tales como Perera de Medina, relatan que algunos enfermos catalépticos corrieron el peligro de ser tomados por muertos.
Algunos creen que no se trata de ineficiencia por parte de los profesionales de la medicina, sino que el fenómeno paranormal existe. Por alguna razón la muerte clínica es certificada, aun con el uso de un osciloscopio y su marca horizontal y el trazo plano. Sin embargo, el suceso se verifica luego, cuando se realizan exhumaciones en distintos cementerios, particularmente de pueblos donde no existe tecnología para determinar fehacientemente la muerte somática.

LAS DEFINICIONES DE LA MUERTE
Aunque sin duda pecaremos de falta de rigor científico, aquí se hace necesario definir las tres etapas que involucra la muerte: la clínica, la somática y la molecular.
La clínica es aquella que dictamina un médico, a través de cierto protocolo que puede incluir el uso de un estetoscopio, la reacción de pupila de ojo, la punción de encías, el vaho en fosas nasales, hasta el uso de cardioscopios para detectar la frecuencia vital.
La muerte somática se puede definir cuando el sujeto efectivamente está muerto, pero sus órganos siguen vivos. Es el caso de los implantes de riñón o incluso de corazón. Los tejidos son conservados una vez extraídos del muerto e injertados en otro organismo.
La muerte molecular es cuando la cadena de descomposición arrastra prácticamente a todo el cuerpo y ya es imposible revertir el proceso.
La pregunta que cabe entonces: ¿Muerte dónde estás...? Con cierta propiedad podría decirse que única y finalmente en la molecular.
Pero ni las definiciones de la muerte ni la existencia comprobable de la catalepsia pueden explicar el mito tan difundido de los Enterrados Vivos, cuya inquietante popularidad parece haber dado origen al velorio de 24 horas, tal cual hoy lo conocemos.
Son numerosísimos los ejemplos que se relatan de boca en boca y ahora a través de internet. El más notable cuenta que durante el conflicto de Vietnam se conoció que muchos de los cadáveres de soldados que retornaban para ser sepultados en su país, presentaban signos de haber vuelto a la vida dentro del féretro.
Para referirme a Argentina, yo mismo he relatado en esta página la historia de Rufina Cambaceres, cuyo cuerpo fue encontrado aferrado a la reja de la bóveda familiar, intentando salir. O la leyenda del famoso animador Héctor Coire, pionero de la televisión argentina, en la que se asegura que, al ser abierto el cajón, se hallaron marcas de rasguños en el interior de la tapa y su cuerpo dado vuelta, boca abajo. También se agrega el caso de Alfredo Gath, uno de los dueños de la tienda Gath & Chaves que, como temía ser enterrado vivo, preparó un féretro que se abría por dentro y contenía una campanilla para dar la alarma.
Por último, y para dar un toque de humor a tan truculento tema, les recomiendo ser enterrados con un teléfono móvil o una Notbook que tenga las baterías bien cargadas. Si no logra llamar, envíe un mail o deje un rápido comentario... ¡Que enseguida saldremos hacia allí con nuestras palas!