Comienzan a llegar los corresponsales para levantar un poco el ánimo del blog y hacerlo más comunitario, pero no menos simiesco. A partir de hoy contamos con la inestimable participación de Alfredo, el Condor Mendocino, plumífero habitante de las grandes alturas de los andes argentinos, allí donde se encuentra la segunda cumbre del mundo, el Aconcagua. En este caso, Alfredo se trasladó a Rosario, otra capital importante de Argentina, territorio de grandes músicos como Fito Páez y Juan Carlos Baglieto. Antes de esta joven generación de compositores, existieron Los Gandolfos, una familia de poetas, cuentistas, imprenteros, que sacudieron las telarañas de la cultura nativa.
Alfredo se despacha con total desparpajo a la hora de contarnos sus averiguaciones en Rosario: “Bueno, lo que me contó Gandolfo hijo es que el vate mayor, don Francisco Gandolfo, tiene Alzheimer, si la memoria auditiva no me falla, ya que este muchacho nos contó de todo en 30 minutos. Segun él esta dolencia es la única en su género que no le quita dignidad a la persona, pero sí se alucina con que uno es un aviador, cosas que más allá de lo que originan en los familiares cercanos, no dejan de ser poéticas. El lo lleva al Parque Centenario con alguno de sus hijos, que le saben hacer Reiki. El otro Gandolfo que estuvo muy embromado fue Sergio, que se pezcó un virus muy raro en España. Ahora está bien, renaciendo como el ave fenix, hasta han publicado sus dibujos en El País de España”.
Nacido en Córdoba (Argentina), en 1921, Francisco Gandolfo es uno de los secretos mejor guardados de la poesía argentina; vive desde 1948 en Rosario, donde montó una imprenta y escribió toda su obra. Gandolfo no sólo publicó sus libros bajo su propio sello, sino que los compuso, imprimió y encuadernó en su propia imprenta.
En referencia a esta labor poética, otro amigo y colega, Jorge Isaías, destaca: “Sus libros son de una originalidad única en la Argentina. Lo que pasa es que vive en Rosario, en vez de en Buenos Aires, entonces se lo conoce poco. Es una poesía que juega con la veta del humorismo, posiblemente vinculada con Nicanor Parra, el único que se me ocurre. En la década del 60 Francisco fundó, junto a su hijo Elvio, una revista muy importante, El Lagrimal Trifurca, que salió entre el 68 y el 76. La relevancia de Lagrimal... en su momento fue que convocó una gran parte de la intelectualidad latinoamericana sin pasar por el canon de Buenos Aires. Leían la literatura del continente con bastante desparpajo y libertad”.
Otro amigo entrañable del escritor nos deja un tierno semblante: “Esto que usted me ha enviado no es poesía, es un objeto vivo que está en el mundo”, anotó Levrero en una carta de 1979. E insistió: “Se me ocurre que hace ya bastante tiempo que usted ha dejado de ser poeta. No sé cómo se llama eso que usted hace. Me parece imprescindible que exista y que haya alguien que lo haga”. Como Francisco creyó entender que había allí un juicio negativo, a vuelta de correo Levrero aclaró: “La palabra cosa u objeto me parece de mayor categoría que poema”. Y en otro pasaje lo consagró como “Papa de la antipoesía argentina, quintacolumnista de la prosa”.
Tiene ocho libros, más cuatro inéditos fechados entre 1998-1999, el último de los cuales se llama "Versos de un jubilado". “El psicópata. Versos para despejar la mente”, de 1974, fue muy celebrado por su agudo y exquisito humorismo.
Hoy, a sus 83 años, la actual edición de “El búho encantado” lanzada por Interzona, rompe esa honorable racha de autoediciones y debería ser el punto de partida para recuperar una obra que anticipó líneas actuales de la poesía argentina. Pero leamos algunos fragmentos que pertenecen a ese hermoso libro:


Contradicciones de la vida, el arte, el sexo y el amor
El otro día estuve en el Mausoleo de los Poetas.
Quería comunicarme con Dante y con Petrarca
para consultarlos sobre el amor,
porque es evidente que todo poeta que persiste
está poseído de amor extremo.
No pude llegar a ellos
porque entre las columnas del atrio
Horacio me presentó a Tirteo,
el bélico poeta espartano.
La charla de Horacio fue amena,
pero a mí los ojos se me iban hacia Dante, Virgilio
y Leopardi que se espantaba las moscas
con un ramo florido de retama.
Hubiese querido llegarme a Giacomo para expresarle:
"Querido Leo, he llorado por la ternura de tus versos
y por tu angélica desgracia física:
la retama del patio de mi casa aroma de amor por ti".
De Dante quería tener, además,
su opinión sobre las cintas de Fellini,
de potentes contrastes como su Comedia.
Pero cuando Horacio terminaba de hablarme
del árbol que cayó a punto de matarlo
y de su dorada medianía,
el portero vino a cerrar el Mausoleo.


2-
Después de largas tensiones
de encubrimiento social,
me enamoré de la burguesa impecable.
Ella lo notó emocionada
y la sorprendí mirándome
con ansia y disimulo.
Entonces le escribí en postales exquisitas
y terminé rampante
en el árbol de su casa
declamándole mi amor.
Finalmente me arrojé del árbol
y de rodillas le pedí su consentimiento,
pero ella me lo negó:
su atávico respeto por las normas sociales
formaba parte de su perfección burguesa,
y exigía que la amase
como a Laura o a Beatriz.
Su corazón,
cerrado como un puño comunista, nunca se abrió.


3-
Hay que dejar los versos en reposo
no tanto o más de lo que aconsejó Horacio.
Controlar su quietud inestable,
mirarlos de reojo,
de frente y de perfil,
como los egipcios.
Observarlos como bichos raros,
olvidarlos hasta comprobar que existen.
Excepcionalmente dejarlos como están,
es decir, como nacieron.