Aunque ya desde hace años se conmemora esta fecha en forma pública y siempre en la misma plaza, muchos de los convocados sospechan que tal celebración es una trampa urdida por alguna potencia extranjera, para fotografiar a los concurrentes desde satélites espías, o emitir alguna sustancia electromagnética que alteraría la visión de la realidad concreta.
Se corre el rumor de una emboscada friamente calculada. Los menos desconfiados han detectado la presencia de cámaras y micrófonos ocultos en las ramas de los árboles. Los precavidos suponen una confabulación de psiquiatras inescrupulosos que intentan experimentar con el alma humana. El guardián de la plaza pronto se transforma en el agente encubierto de una secta de doctores maquiavélicos. De hecho, la lejana sirena de una ambulancia, desata el pánico generalizado...
Las madres arrastran a sus niños. La multitud corre desesperada, se abalanza y derriba todo lo que le impide el paso. Los más exaltados sacan sus armas y disparan hacia los cuatro costados. Otros tantos repelen el ataque. Todo es confusión y caos previamente anunciados.
La policía se hace presente con numerosos carros de asalto. Los líderes políticos hablan de grupos infiltrados de la ultraizquierda que amenazan con derribar al gobierno democrático. La gresca se traslada a las calles aledañas. Rotura de vidrieras, centenares de heridos, saqueos e incendios provocados.
No hay muertos de pura casualidad. O porque los verdaderos paranoicos se han quedado en casa y miran por sus televisores, con aguda suspicacia, como una banda de extraterrestres camuflados ha sido víctima de un nuevo y bochornoso delirio de persecución.