El Tucán: un artista comprometido con el espíritu de todas las épocas
Con un dinero que cobró por una publicidad de jabón de tocador, donde aparece sobrevolando la cascada en la que una famosa actriz se baña, el Tucán se ha pagado unas clases de pintura con una vieja profesora de barrio, especialista en pétalos de rosas y payasos que lloran.
A la tercera clase ya se sentía Picasso. Armó su caballete en medio del patio y no paraba de arremeter sobre la tela en blanco, con la avidez sistemática de un Van Goth y la fuerza expresiva de un Miguel Angel.
Humedeciendo sus alas dentro de los tachos de pintura, ejecutaba poderosos trazos de colores rechinantes y abigarrados, dibujando oscuros paisajes nocturnos u oníricas escenas de batallas campales entre dragones y doncellas fastasmagóricas.
Sus cuadros, todavía frescos, colgaban de las paredes de todos los cuartos, chorreando de azul o borgoña intenso, encharcando los pisos con viscosas manchas. Ya no se podía andar por la casa sin toparse con una naturaleza muerta de un escopetazo, o una abstracción geométrica que recordaba a dos huevos fritos atravesados por líneas rectas y paralelepípedos.
No había habitación que no luciese uno de sus inquietantes esperpentos dadaístas, vomitando verdes soles y praderas amarillentas en un diáfano atardecer de primavera.
Obsesiva y cuasi torturante, fue su serie de autorretratos emplumados. O sus desastrosas acuarelas que bautizara “desnudos pero no tanto”, con modelos totalmente cubiertas hasta el cuello, pero que él desvestía con la vista y su imaginación florida. Escuálidas muchachas y raquíticos transexuales, surgían, luego, exhibiendo turgentes tetas violetas y caderas desproporcionadas. Pero sus obras nudistas más eróticas y profundas mostraban vísceras y órganos internos del cuerpo humano, aunque se asemejaban a simples radiografías.
Leyendo el hartazgo en mi cara y para conformarme, me pintó de cuerpo entero, recostado sobre un arbusto del patio, y sosteniendo con mis dos manos una banana surrealista.
Luego de haber pasado por todos los estilos y tendencias de la historia del arte -desde lo rupestre hasta el post-postmodernismo-, se definió como un muralista comprometido con la realidad social de su especie. Así, de la noche a la mañana, sus cuadros desaparecieron de la vista y se acumularon en el fondo del baño, debajo de la ducha. Las paredes despojadas y mugrientas se transformaron en gigantescos frisos en los que se apretujaban bandadas de garzas escapando del cruel disparo de cazadores furtivos, golondrinas huyendo hacia otros veranos, gaviotas planeando sobre un mar de pingüinos empetrolados. Cada tanto, una jaula abierta y canarios emprendiendo su vuelo libertario.
Hasta el frente de la casa se convirtió en un mural de proporciones inusitadas. Los domingos a la tarde, bajan de sus autobuses grupos de turistas japoneses, y se sacan fotografías contra la fachada de nuestro inmueble. A veces, el mismísimo Tucán sale a firmar autógrafos y vender alguna copia serigrafiada. En esas ocasiones, luce una boina tejida a mano sobre su cresta y una docena de témperas recién abiertas.
No hay tema que no lo inspire, no hay injusticia en la faz de la tierra que no pueda ser plasmada por su paleta. ¡Que alguien le otorgue una beca en Francia! ¡Que lo internen en el Louvre y lo paseen por Venecia! ¡A ver si un día puedo volver a dormir la siesta...!


finchu dijo
Asi que una naturaleza muerta de un escopetazo eh...
13 Agosto 2005 | 03:12 AM