El famoso, aunque desconocido, psiquiatra y psicoanalista polaco pero nacionalizado argentino, Dr. Karlo Manuel Goravichz, fue el primero en desarrollar una de las terapias más breves desde la fundación del mismísimo psicoanálisis freudiano.
El Dr. Goravichz, hombre de ideas rápidas y de sólida formación política, luego de años de experiencia clínica, llegó al convencimiento de que la mayoría de las enfermedades psíquicas individuales y neurosis egocéntricas tenían una fuerte base social y, por lo tanto, la cura o resolución de las mismas, debería buscarse en formas eminentemente colectivas.
Por otra parte, consideraba la terapia individual como una pérdida de tiempo, en la que el paciente retrocedía casi hasta el vientre materno para desenterrar antiquísimos traumas, odios añejos, edipos mal curados y fobias con olor a humedad y naftalina.
Es así que, a fines de 1966, abandona los largos tratamientos del psicoanálisis ortodoxo y aplica en sus pacientes una moderna técnica de choque, que luego denominaría “terapia telegráfica” o “psicotelegrama”.
Le solicitaba al enfermo que expresase en una sola línea su estado de ánimo o que resumiera en forma de telegrama los padecimientos de esa semana. Algunos esquizofrénicos se explayaban con relatos cortos o títulos tales como “miedo a las arañas”, “pesadilla con mi suegra desnuda en mi propia cama”, “fantasías de asesinar a mi jefe” o sencillamente “me sentí para la mierda”. El les respondía con la misma brevedad: “no eres una mosca”, “tu suegra es más fea que un papagayo”, “vas a ir preso por culpa de un imbécil”, o “arriba ese ánimo”.
Mediante este ágil abordaje terapéutico logró atender a más de cien pacientes diarios, en algunos casos de manera simultánea, sentándolos en fila india y respondiendo raudamente a cada una de sus angustias existenciales.
Con el paso de los años, llegó a tratamientos tan sintéticos que se reducían a una única palabra: “Revolución”, “Cuidarse”, “Escapa”, “Basta”, “Únete”, “Renuncia”...
De no ser por los éxitos alcanzados en la capacidad de cambio de sus pacientes, que en el 99 % de los casos evidenciaron curas sorprendentes, se lo hubiese confundido con un brujo o manosanta. Pues, para mediados de los años 70, ya sólo procedía a mirarlos sin emitir palabra, y los pacientes se libraban velozmente de sus mañas, dándose a sí mismos su propia “alta”.
Para el verano de 1976, los grupos de interesados en su terapia eran tantos, que decidió reunirlos por zonas o barrios, congregarlos en las terrazas o techos de sus casas y, mediante una avioneta alquilada con poderosos parlantes, él les vociferaba sus certezas reanimantes.
Como todo verdadero científico comprometido con los problemas de su tiempo, se vio rápidamente envuelto en las vicisitudes políticas de una época más que trágica. El 27 de marzo de 1976, un día después de que la nueva Junta Militar de Gobierno implantara una sangrienta dictadura, su avioneta fue derribada con metrallas antiaéreas.
Quedan pues, en la memoria colectiva, sus brevísimas enseñanzas, una acotada obra académica y la esperanza de que haya saltado en paracaídas... Y que un silencio más que significativo, casi condenatorio, sea la respuesta justa a esta masacre actual, sobrecargada de mentiras y palabras falsas.