La Protesta más jocosa de la Historia
Disculpen que me meta a avivar el avispero argentino (y tal vez latino, ustedes me dirán después). Pero últimamente en este país el fascismo crece solapadamente. ¡Qué risa...! Ya no se puede ni expresar el descontento. Si hay una huelga de ferroviarios, la televisión entrevista y compagina solo al pobre viejito que necesitaba tomar el tren y se queja por la falta de consideración de los sindicalistas. Si hay un paro de transportes colectivos, la soledad de las terminales va acompañada del mismo viejito que se queja por la falta de consideración de los choferes. ¡Qué risa...! Si salen los hambrientos a pedir trabajo o un subsidio del Estado que se los ha quitado, no son obreros europeos con derecho a un seguro de desempleo, son negros piqueteros que obstruyen el tránsito. Si padres con hijos asesinados por la corrupción y la desidia, arrojan huevos contra el automóvil último modelo de alguien que se dice progre y les da la espalda, son padres delincuentes y linchadores. ¡Y todo por un huevo! ¡Qué risa...!
No obstante, me veo obligado a recordarme a mí mismo y a todos los desmemoriados, que cuando la gente se enoja tira hasta con pianos de cola, y que la mayoría de los derechos que hoy disfrutamos fueron conseguidos por la lucha popular, que se ha valido de lo que tuvo a mano. Piedras contra los relojes de las iglesias, huevos, tomatazos, cachetadas, palos, barricadas, bombas molotov y hasta dinamita, en el caso de los mineros bolivianos. Que la supuesta independencia de nuestros países no fue conquistada haciendo flamear la banderita de la patria y listo. ¡Qué risa...!
Sin embargo, casi dos siglos después, en la Argentina, cortar una calle al manifestarse es molestar al prójimo, es la más insoportable de las barbaries. Y esto es posible porque ya no hay ciudadanos. Hay simples usuarios que reclaman su derecho al libre tránsito. ¡Qué risa...! Casi no quedan hombres y mujeres de acción, intelectuales que elaboren nuevas formas de protesta y lucha. Solo quedan cobayos que repiten la vieja frase “mi libertad termina donde empieza la de los demás”, cayendo en la menos graciosa de las mentiras. Pues, mi libertad empieza donde empieza la de los demás y se extiende con los otros solidariamente o muere encerrada por el egoísmo y la indiferencia. La libertad, como la cultura o los derechos civiles, son construcciones sociales que nunca se terminan.
Pero aquí estamos... En un país donde ya no se puede ni expresar el descontento... De aquí a poco, entonces, toda protesta deberá transformarse en una muestra de sana alegría y alborozo. Así, las marchas callejeras serán organizadas por el sindicato de artistas de varieté, acompañadas por enanos, payasos y malabaristas. Un séquito de indignados pero jolgoriosos manifestantes arrojarán papel picado y serpentinas mientras que, detrás de ellos, un numeroso grupo de barrenderos, rebeldes pero limpitos, irán recogiendo las cintas y los panfletos. Todo sin interrumpir el tráfico y hasta llegar al palco oficial, donde un combativo comediante dará un inflamado discurso que iniciará con ¿conocen ese del loro que le gritó a la suegra...?
Pero ¡qué risa...!


yeyo dijo
Mono, impresionante tu sarcasmo, quizás fue por tu risa.
Te subrayo esto, porque me gustó: "mi libertad empieza donde empieza la de los demás y se extiende con los otros solidariamente o muere encerrada por el egoísmo y la indiferencia. La libertad, como la cultura o los derechos civiles, son construcciones sociales que nunca se terminan".
10 Agosto 2005 | 02:09 AM