Si se le hubiese muerto el tío o la tortuga, no habría sido tan triste. Si le hubieran amputado las dos piernas o los brazos en un accidente o por extraños motivos naturales, no habría sido tan triste.
Si en un laberinto de encrucijadas y desencuentros terminase perdiendo al amor de su vida para siempre, o cubierto por una neblina ciega quedase sin rumbo, ni amigos, ni familia, no habría sido tan lastimero su caso. No tenía alivio. No había consejo razonable para darle, o apoyo psicológico o afectivo que no hubiese sido arrasado, mucho tiempo antes, por la derrota y el más luctuoso desconsuelo.
Se la pasaba de desengaño en desengaño, atravesando interminables duelos y cuando, al parecer, ya no podía caer más bajo en su padecimiento, otro nuevo suplicio surgía para volver a acongojarlo. Quedó tan reducido al dolor, tan concentrado en eso y denso y hundido en el quebranto, que no le quedaba otra salida que aferrarse al pesimismo, casi como a una razón de Estado.
Si no hubiese sido tan, pero tan triste su presente y su pasado, y tan negro su pronóstico futuro... esa vida dedicada a juntar amarguras y tormentos, nos hubiese causado mucha gracia.