
Como ya sospecharán, el Tucán es un coleccionista compulsivo, un juntatutti o un levantaporquerías, o como él gusta llamarse: un matemático de la pequeñez ordenada en frasquitos y carpetas. Todas las repisas del living comedor se arquean con el peso de sus “objetos exóticos de valor incalculable”, entre los que guarda, con especial preferencia, su colección de fotografías de ombligos, recortadas de periódicos y revistas de moda.
El orden, un tanto arbitrario (como todo en el Tucán), parece mantener cierta clasificación lógica, basada en las variadas formas y dimensiones de los ombligos. Así, en el comienzo de su carpeta se ubican los ombligos clásicos, de una redondez casi extenuante y armoniosa, como trazados a compás sobre la carne trémula. Luego continúan los ovales, que presentan una contextura agradable pero imperfecta. Al Tucán le gustan los ombligos torcidos, que miran hacia la izquierda. A mi me causan gracia los aplanados, que parecen estar silbando un tango de Homero Manzi. Las categorías pasan desde los achinados o japoneses a los convexos que ofrecen al aire su desbordante obscenidad de estrías. También los hay juntapelusas, los notoriamente cóncavos que denotan una profundidad filosófica o un profundo rechazo por la higiene en quien los posee. Existen los curvos hacia abajo, bautizados con justicia como ombligos tristes, y los jolgoriosos o alegres, con pronunciadas curvas ascendentes. Debajo de cada página, el Tucán agrega un breve comentario y, al final de la carpeta, deja asentadas sus tesis e hipótesis inverosímiles.
Pero entre todas las fotografías él atesora una en particular, por la que ha tomado extremos cuidados de conservación y mantenimiento, como un arqueólogo haría con los fósiles del eslabón perdido. La tiene plastificada y envuelta en papel de seda y la denomina “el hombre sin ombligo”. Y aunque uno se sonría al principio, luego cae de bruces ante la evidencia. Se ve allí, nítidamente, el torso desnudo de un joven cuya piel no muestra marcas ni hendiduras. Una barriga lisa e intrigante. Pero el Tucán tiene sus teorías al respecto y no se contenta con la simpleza mística de suponer un hombre que no ha nacido de vientre alguno, o por la gracia del mismísimo espíritu santo. El cree, pues, en una mutación evolutiva, en el desarrollo progresivo de un hombre nuevo, sin amarras alimenticias ni cordeles que lo aten a su madre. Un hombre libre de ombligos y de opresoras descendencias.
Se pasa horas contemplándolo y reflexiona y escribe miles de teorías sin sentido. Pero no es nada grave...
Hay otros que se pasan toda la vida contemplando su propio ombligo y nadie los interna por eso... Aunque deberían...
3 comentarios
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Muy bueno, creo que nunca llegaremos a ver un hombre sin ombligo, nadie consigue librarse del yugo de su historia y queda condicionado para siempre, dile al tucan que lo deje ya, es un montaje xDD.
El tucán es un adelantado!!! ya tiene la foto de un clon que anda por la ciudad vivito y coleando y nosotros ni enterados.
Para mí es cierto, en algún lugar del país ya se está generando ese protomutante, tal vez no lleven ni cordón umbilical ni ombligo porque no lo necesiten, pues sus madres ya desnutridas no tengan con que alimentarlos. Cuando el órgano no se usa, se atrofia y luego desaparece.