Ya en su temprana infancia mostró signos de un profundo ensimismamiento no detectado por sus padres, que lo consideraban un niño apocado, algo asustadizo, pero aplicado en los estudios. Sin embargo, en la adolescencia, el desmadre hormonal, el rechazo por su propio cuerpo, el miedo al ridículo, se combinaron en una nefasta mezcla que catapultó su timidez hasta extremos sobrenaturales.
En su adultez, trabajó en una compañía de seguros, en los sótanos de la sección archivos. Hasta que una mañana de otoño sufrió un ataque de pánico que lo paralizó por completo. Renunció al trabajo y se encerró en su armario por tres meses, en los que se mantuvo mordisqueando las partes más nutritivas de su vestuario. Lo sacaron los bomberos, alertados por algún vecino.
En el manicomio, desarrolló aún más su retraimiento y una obsesión devoradora por las toallas y las sábanas, obligando a los enfermeros a mantenerlo maniatado y en preventivo aislamiento.
Sin embargo, cuentan las viejas del barrio, que masticó su chaleco de fuerza y escapó de la clínica siquiátrica en un domingo de enero. Y que anda desnudo por las terrazas del vecindario, robándose las ropas colgadas o dejando jirones deshilachados sobre los techos. Que en las noches de luna llena ataca a los bienvestidos, que les arranca las prendas de un manotazo limpio y se las come, mostrando sus dientes afilados.
Por eso y otros temores, mi pueblo anda en harapos. Y todas las noches cuelgan de sus ventanas bolsitas de naftalina...