Más le pegaban más le gustaba, entonces más le daban. Primero Raúl se sacó el zapato y le pegó con el taco en la cabeza. Después, el gordo lo sacudió con una toalla mojada. Trataban de no dejarle marcas, pero como ya era imposible, intentaban distribuirlas en el cuerpo de manera estética o al menos equilibrada. Para eso, el petizo Julián era un experto, un artista de la armonía y la pegada. Entonces con la braza del cigarrillo le agregaba detalles... o simplemente lo pellizcaba... como un genio del color da sus últimas y precisas pinceladas.
Pero como el tipo no quería aflojar la lengua y contenía su dolor como un valiente u ofrecía apenas la misma mueca retorcida, Raúl se enfurecía. Más le pegaba más le gustaba, entonces más le daba... Con los puños cerrados o sonoras cachetadas.
-“Me vas a confesar hasta el segundo nombre de tu primer maestra”, -le gritaba, mientras que con una pinza le arrancaba la uña del dedo índice. Pero el tipo resistía la paliza, sangraba de lo lindo, pero de su boca no salía una palabra.
-“Me parece que está muerto”, -dijo el gordo.
-“Para mí que se murió de entrada, cuando le pegaste el zapatazo”, -sentenció Julián, tomándole el pulso en la muñeca ya quebrada.
-“Por eso ni se quejaba el muy maldito... Y yo que pensé que le gustaba...”