La Sexualidad hasta los Codos
Todos los jueves a la tarde, en los meses de verano, el Tucán y yo vamos al barcito de la esquina. Como el dueño ya conoce nuestra manía, cuando se acercan las 17 horas, ya lo manda al mozo a colocar un cartelito que dice Reservada, porque como han de imaginar siempre nos sentamos ante la misma mesa, junto a la mejor ventana. Pedimos unas cervezas negras y unos conos gigantes de maní para pelar, y nos ponemos a mirar codos.
“Codo que pasa, codo que quiero”, dice el Tucán. Y, en verdad, no le hacemos asco a nada. Cuando las mangas cortas dejan entrever esa preciosa callosidad que se asoma, esa delicada protuberancia que se aleja con la gracia de una gacela, los dos dejamos de masticar por un segundo y nos babeamos de puro deleite y concupiscencia.
Aún así, conservamos nuestra compostura y ciertas normas de urbanidad... Tampoco es que nos derretimos por el codo de cualquiera... Tratamos de mantener una dignidad propia de conocedores, de casi expertos en el tema. Y entonces nos imponemos criterios de admiración y hasta los numeramos del 1 al 10, según su categoría. Los codos de gerentes de banco u otras profesiones cuyo contínuo apoyo haya achatado hasta el hueso, son descartados con un (0) cero. Los codos de muchachas demasiado atractivas en sus partes pudentas casi siempre muestran codos descuidados o insulsos y se llevan un (2) dos, o máximo un dos con tres cuartos. Los codos de personas mayores de treinta pero que no han sustentado su vida en posiciones fijas de aburrimiento o espera, presentan codos lozanos y sugerentes y tienen un (7) siete. Codos con osteocondritis disecante, sean de la forma que sean, no llegan ni al (3) tres. Personas con codo de atleta u otros accidentes laborales o deportivos se llevan un piadoso (4) cuatro, en reconocimiento al esfuerzo. Los codos de los más gorditos se llevan un (8) ocho, por tersura y brillo prometedor. Pero esos codos turgentes, que no responden a nada, que superan las diferencias de clase, de religión o de contextura física, esos codos libidinosos, provocativos, arrugaditos en su punto justo, ni muy flojos ni muy tensos, tienen nuestro aplauso inmediato y ya sin numeración.
El Tucán, que en esos casos (o siempre) es un desaforado, suele sacar su cabeza por la ventana para gritar alguna ingeniosa procacidad y batir las alas con picardía.
Es entonces cuando el dueño manda al mozo con la cuenta.
Y es por eso que existen las mangas largas y los inviernos. Para descanzar la vista de tanto codo suelto...


=La Fulana= dijo
Chicos, o sea, Mono y tucán: uds. que son tan expertos y seguro tienen amigas que les pueden informar... ¿Me podrían averiguar cual es la mejor marca de cremas para protuberar los codos y si hay distribuidores en Argentina? Gracias :)
11 Julio 2005 | 09:53 PM