Cuando la gente de nuestro barrio se indignaba, decidía tomar medidas drásticas... La distancia entre el inodoro y el calefón, el ancho del poste de alumbrado, la longitud del semáforo, el radio de la circunferencia del cartel de la farmacia.
Porqué razón, para completar cuáles datos o qué extensa planilla... Eso nunca se sabía. Pero no importaba demasiado en esos días, pues el tiempo medido en centésimas de segundo transcurriría en vano, si no figuraba de inmediato en sus libretas de anotaciones.
El cálculo era imprescindible... Entonces, contar los pasos exactos entre el living comedor hasta el cordón de la vereda, o los escalones en la entrada de la iglesia sin restar el atrio, implicaban una tarea minuciosa y precisa que ejercían con la paciencia de verdaderos agrimensores autodidactas.
En menos de una semana habían relevado hasta los detalles más insignificantes; profundidad del bache de la esquina, ancho de la bocacalle, ángulo de la ochava del pasaje Manuel Estrada.
Pobre que veían, pobre que anotaban. Lo medían, lo pesaban.
Habían desarrollado una constancia tan cartográfica que llegaron a elaborar un plano milimétrico, casi calcado, de todo el vecindario... De modo tal que aunque se quedasen irreversiblemente ciegos, o cubiertos por un manto de neblina, podrían correr con holgura y sin siquiera tropezarse.
Al mes, extraían todos los porcentajes: producto bruto interno, per cápita, deudores morosos, homosexuales declarados o encubiertos, asesinos en potencia, hombres, mujeres, niños, ancianos, tucanes, monos... Sumaban las cifras más confiables y diseñaban un gráfico con hipérboles y curvas oscilantes.
Entonces, cuando ya tenían todo calculado, estudiaban las estadísticas, se enfrentaban a la cruda realidad del barrio... Volvían a indignarse y salían, metro en mano, a tomar nuevas medidas drásticas.