Una novia del Tucán se le fue con un amigo. Desde entonces el pobre animal andaba de ala caída, blasfemando por la casa, o peor, ausente por los pasillos, sonámbulo en la terraza, triste sobre las cornisas. Ya casi no comía, rumeaba como una vaca, masticando alguna hojita del limonero que luego escupía y sin ganas.
Yo intentaba animarlo con piruetas de mono, pero él ya me las conocía todas... Igual las festejaba con la expresividad de un ahorcado; que se ríe por la tensión que la soga produce en su cara.
Un Tucán herido es siempre un tucán herido. Y él se sentía doblemente traicionado; por la dama y el bandido. Nadie le contó nada. El mismo los había visto paseando por la plaza y arrojándole maíz a las palomas.
Nunca hablábamos del tema y él me esquivaba la mirada. Yo le recordaba viejas farras, encontronazos con flamencas memorables, fiestas entre garzas y cotorras pechugonas, rememorando su fama de galán de vuelo alto...
Pero él nada. Ya no fumaba, no discutía, no graznaba, no se emborrachaba. Y su entrañable ironía había sido reemplazada por un suspiro rancio de quejidos aflautados e inaudibles.
Hasta que un día me dijo: “los amigos no sirven para nada...”
Y me miró como midiéndome el asombro y lanzó, por fin, su carcajada.
“Son como las mariposas... Pura inutilidad... Pero uno las quiere igual, de todos modos...”
Yo abrí la botella de coñac y serví hasta que el licor rebasara en catarata.
“Las flores no funcionan”, agregué. Y bebimos de la misma copa, hasta que el sol quebró la cáscara de la mañana.