Así como hacían con los locos en el medioevo, yo llenaría una nave con todos los poderosos del mundo. Remontaría la mar con esa carga pesada, esa lacra de burgueses asesinos y piratas y anclaría el buque en medio del oleaje bravío. Luego hundiría la nave en pleno océano y que naden como viejos tiburones, ya que saben flotar esos cobardes. O que se hundan también, por el propio peso de sus culpas, expiadas en concíbulos secretos, en reuniones de la bolsa de comercio o en sus claustros de arrastrar al mundo hacia el abismo.
Después esperaría en el puerto... Y a los que llegasen a la costa a salvo, los dejaría en una playa desierta, unidos con sus mismas amarras a un timón que gire sin sentido. Puestos a ver como la humanidad navega libre de sus lastres, como se ha quedado ya sin capitanes y anda, sin embargo, con todas las velas desplegadas, viento en popa. Haciendo de su ocaso jubilosos amaneceres.