Ya sabían los indios Tupí Guaraní que creer no significaba confiar, empecinarse en un ideal dictado por la mente, sin hacerle caso a lo que dicen los otros sentidos. Que creer era elegir entre varias opciones posibles y decidirse por una, pero sabiendo que las otras posibilidades existían con la misma potencia.


Después de casi una década de convivir con ellos en la selva, aprendí que creer no era asunto de aferrarse a ningún dogma, ni político ni religioso. Creer no era una cuestión de creencias.
Sin tantas elucubraciones, el Tucán y yo, jugamos todos los días a Creer y Reventar. Los lunes empezamos con cosas sencillas. El Tucán coloca un cuchillo haciendo equilibrio en el borde de la mesa y al final lo balancea. El apuesta a que no se cae y yo a la inversa. Si se cae, él revienta, y cocina para los dos, mientras que el otro levanta la mesa y lava los platos.
Así nos vamos entreteniendo y, de paso, organizamos nuestras tareas domésticas. Los martes encaramos con dilemas más complejos. Entonces yo creo que atardecerá nublándose y él apuesta a un límpido anochecer lleno de estrellas. El juego continua complicándose en el decurrir de la semana pero nunca decae en interés, porque acepta múltiples variantes y estrategias.
A veces se juega por jugar, y ese día ni se cree ni se revienta. Entonces cocinamos juntos y, sin que nadie diga nada, uno lava los platos mientras el otro acomoda la mesa. Se puede, por ejemplo, creer y reventar al mismo tiempo. Esa noche uno cocinará aunque haya ganado en su creencia; por puro placer culinario. Otras veces apostamos a largo plazo o por cosas de difícil comprobación concreta. Yo opino que la sociedad capitalista cambiará por otra más justa y solidaria, y el Tucán afirma que el hombre es un ser reaccionario incapaz de alcanzar esa meta. Entonces, la tarea de cocinar o lavar los platos, quedará para nuestros nietos o bisnietos...
Por último, hay gente que cree, que cree y que cree.
Y otros que revientan, revientan y revientan...