Deudas pendientes

Me gusta hablar. Con todas las interrupciones posibles. No me preocupa... Si por mi fuera tendría 8 teléfonos celulares, 12 inalámbricos y algunos megáfonos. Por ahora tengo un solo aparato sin llamadas en espera y un Tucán, con el que ejercitamos el noble arte de la conversación. Mi segunda aficción es tener deudas insignificantes. Eso hace que me llamen más a menudo, para intentar cobrar o simplemente para amenazarme. Suelen ser muchachos contratados para el caso, abogaditos recién recibidos o estudiantes de derecho que se pagan la carrera machacando a tipos como yo, a monos con deudas pendientes...
Un superior les facilita una lista diaria con los teléfonos de morosos, escurridizos y reincidentes. Y ellos preparan su monólogo y marcan un número al azar. Mi nombre casi nunca les interesa. Pero repiten mi apellido como si lo hubiesen aprendido de memoria en un convento. Lo repiten como un rezo, como un salmo monocorde. Yo los trato siempre de Boys... “Escucháme Boy, le digo, ¿cómo se te ocurre defender los intereses de una empresa multinacional en contra de un congénere como yo, que tallo y batallo de tu mismo lado... Estás pateando para el arco contrario”.

Pero ellos tienen sus argumentos... Y los exponen con esa pulcritud propia de un novato lo suficientemente estúpido para creer en las leyes del mercado pero de detectar que habla con un perdedor, con un tipo que no ha podido pagar su última cuota. Ese es su fuerte. No tienen por qué alzar la voz. La razón está de su lado. Se debe la última cuota y la empresa intenta cobrarla. Para ellos, eso, es ciencia pura, matemáticas. O la oportunidad de poner en práctica sus conocimientos teóricos. Para mí es algo más bien deportivo, un ejercicio físico, una descarga de las tensiones semanales. Ambos salimos ganando... Entonces les doy charla, les ofrezco mis explicaciones, mientras voy zarandeando las frágiles bases en las que se apoyan todos sus razonamientos.
Ellos respiran profundo, pero comienzan a impacientarse. Me encaran con frases tales como “iniciaremos las acciones legales pertinentes” o “nos veremos obligados a intimarle”.
Cuando la conversación decae en un tono conciliador y todo parece que va a quedar en un entendimiento entre seres racionales, le acerco el teléfono al Tucán y él les grazna hasta ponerlos de nuevo en pie de guerra. Cada tanto llama un superior, alguien que sabe que está tratando con un diletante o un provocador profesional, y cree que manteniendo una justa cordialidad va a ganarnos por altivez, cordura y caballerismo.
Ahí no dudo. Le paso con el Tucán. Que se encarga de graznarle obscenidades aprendidas en la selva o en años de veterinaria. Y así durante semanas... Durante todo el tiempo que la empresa le dedique a nuestro caso hasta archivarlo entre Morosos Incobrables.

Cada tanto llamamos nosotros, para saber cómo anda nuestro expediente y saludar a algún Boy que se inicia en la vieja trama.
Lo que no hacemos, el Tucán y yo, por charlar, por comunicar nuestras verdades infinitamente relegadas... ¿Acaso el mundo no nos debe una llamada?...


assymptope dijo
Das pena tio,
Das pena de verdad y sólo puedo desear que te den por saco. Disfrutaré el día que te deban algo importante para tí y que veas imposible conseguirlo.
Eres lastimoso para todo el que te rodea, un puñetero parásito y un desperdicio que todos tenemos que subvencionar.
En cuanto a tu forma de explicar las cosas, el leguaje, el tono, estoy seguro que sería diferente si estuvieras en el otro lado de la balanza.
Por cierto, si el tema acaba en abogados, tanto si ganas como si no e chupoptero de turno ganará más que tú, tenlo claro,,,,
2 Julio 2005 | 03:48 AM