El perro doméstico, el peor amigo del hombre
Peor que el cocodrilo, la hiena o la hidra de siete cabezas, el perro va pasando por la vida sin que nadie se percate de su infame estrategia de sobrevivencia. Más hábil que un señor feudal o un político de carrera, este simpático cuadrúpedo se las viene ingeniando desde hace siglos para vivir a costa del esfuerzo del más sapiens de los primates.
Animal chupasangre como el vampiro, rapiñero como el peor buitre, mendicante, rastrero como serpiente, no hay crisis que lo alcance. Ha visto caer poderosos imperios que se creían inmutables, ha asistido a la derrota de reinados en apariencia indestructibles, a los avances y sangrientos retrocesos de la humanidad, sin otra actitud que la de rascarse.
Ladrar, menear la cola hacia ambos lados, sacar la lengua agitando el aire, parecen ser herramientas más poderosas que la máquina de vapor o la bomba neutrónica.
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En efecto, ninguna especie –podemos nombrar al caballo, al elefante, el reno, la cabra o la oveja- se sometió al dominio humano con la sola contraprestación de la comida: todo ellos -por no hablar del esfuerzo necesario para transformar al jabalí en lechón al horno- tuvieron que ser aprisionados, golpeados cruelmente, domados por la fuerza, sometidos por la superior voluntad del Hombre, hasta que dejaron de resistirse o se extinguieron.
El perro no. Con especulativa inteligencia, comprendió en pocas centurias que el plato con las sobras y el rinconcito junto a la hoguera bien valía entregar su lealtad eterna.
Pero ¿podemos estar seguros de que el hombre domesticó al perro? ¿No puede haber sido al revés?
Como algunos estudiosos, yo opino que el ser humano fue domesticado por el lobo. No creo que el hombre primitivo haya arrojado la comida en el límite del campamento para atraerlo. Antes bien, creo que los perros son el resultado de la incapacidad del humano para echar a los lobos del perímetro de sus aldeas y que, ya por cansancio, decidió usarlo en beneficio propio.
El lobo fue una herramienta más. Era mejor cazador, mejor guardián, mejor rescatista que el ser humano. Ayudó al hombre a viajar, a encontrar comida, y cuando no lo logró, fue utilizado él mismo como comida, permitiendo la supervivencia de su dueño. La vigilancia alerta del lobo le permitió dormir sin temores por primera vez en millones de años.
Pero si el lobo hacía gala de esos talentos, el perro moderno posee de sus ancestros apenas aquella astuta capacidad acomodaticia, más propia de un zorro o de un camaleón.
Por eso, los perros domésticos han desarrollado ojos menos oblicuos que los lobos, labios que ocultan mejor los fieros colmillos, y miradas dulces (“casi humanas”) que se dirigen directo a los ojos del observador enternecido por su simpática y estúpida belleza.
Fue el perro, entonces, quien creó un hombre dócil, dispuesto a atenderlo, a convivir con él, a criar y proteger a sus cachorros. Domesticó a un hombre generoso y propenso a compartir su alimento con él, sin aprovecharse de su carne, su horrendo pelaje ni poder ordeñarle.

Y así, hoy en día, los canes tienen sus psicólogos, adiestradores, peluquerías caninas, pullóveres para perro, galletas para perro, cuchas, bandejas, platos, collares para perros, paseantes de perros, juguetes, hoteles, concursos para perros. Tras de sí se constituye una increible industria conformada por seres humanos cuyas vidas miserables se mantienen a la sombra de un caniche, bajo los antojos de un bulldog o por la gracia de un fox terrier.
Pero aún con todos estos recursos y refinadas enseñanzas de la cultura burguesa, se los larga cinco minutos a la calle y ya se ponen a cagar en medio de la acera, a mear las puertas de los vecinos y a fornicar delante de quien sea, jadeando y montándose sin pudores hasta ofrecer un espectáculo grotesco. ¡Pero si hasta el más insignificante pez busca un lugar privado para hacerlo!

Bicho exhibicionista, ha tenido el rol protagónico de inolvidables pero tendenciosas películas holliwoodenses, llevando su farsa a límites insoportables. Como un actor consagrado, para cada acción heróica tenía un extra, detrás de cada gracia festejada por los espectadores contaba con dos o tres clones bien entrenados. ¿Cuántos Rintintínes, cuántos Lassies se han necesitado para convencer a las grandes masas de televidentes de que el perro es el mejor amigo del hombre? ¿Cuántas novelas, poemas empalagosos y dedicatorias se han escrito en nombre de esta bestia especuladora y perversa?
Se enfada, se deprime, se neurotiza, se estresa. Ha adquirido del hombre sus peores defectos, pero ninguna de sus virtudes. ¿Acaso hablan, como los loros? ¿Acaso las arañas o las ratas no serían más fieles compañeras, si no se las echara con embates venenosos?

Sin embargo, el peludo animal continua su crecimiento demográfico, allí donde los cóndores, las focas o los gorilas sufren el peligro de una extinción inminente.
Y llegas a tu casa, harto del trabajo ¿y con quién te encuentras...? ¿Con un brillante y hábil delfín? ¿Con un gracioso y tierno oso panda? ¿O con la belleza de un pavo real...? No. Allí estará para asaltarte el mugroso animal que se ha infiltrado en tu familia como la gripe o los impuestos municipales.
Hace más de 12.000 años que duerme junto a sus camas. Espero que algún día, humanos lúcidos, tomen conciencia de esta canina confabulación... Y los expulsen de sus cuchas a las patadas... ¡Fuera picho! ¡Fuera picho! ¡Fuera picho...!


emanuelle dijo
como me siento usado por mi pichicho !
yo que creia que el peor enemigo del hombre eran su esposa e hijos.
ya en 101 dalmatas me di cuenta que tenian una organizacion secreta, debi haber seguido mis instintos.
muchos asados gratis me pude haber hecho desde entonces.
el domingo, sultan.
1 Julio 2005 | 11:29 PM