Ni un estudio sociológico, ni una broma irrespetuosa, ni un ataque surgido del resentimiento. Nada. Esta nota no viene a aportar nada. A lo sumo un alarido de mono aullador.
“Nada”, repiten los miembros de esta subespecie de la familia castellana. Y en ese “Nada, que tuve que comprarme finalmente la falda azul” dejan entrever su gran bolso cargado de nada. Su telefonito móvil con la memoria exacta para fotografiar su nada desenfocada y colorinche. Su nada de nuevo rico que no sabe qué hacer con las pesetas que ahora son euros que ahora entran y mañana será otro día. El día de verse sin nada de Unión Europea, sin nada de chupar la sangre de pueblos remotos y salvajes, descubiertos y evangelizados por ibéricos gerentes civilizadores.

En Argentina, ciertos protagonistas de la cultura local, también contestan ante sesudas entrevistas: “Nada, ahora estamos por dar un nuevo concierto...” Y nada. No pasa nada. Ni se mosquean, ni sienten morro ni morriña, ni se enteran y si te he visto ni me acuerdo. Finjen humildad, no darle importancia ni a sus propias cosas porque saben que realmente lo que hacen y dicen no significa nada. No tienen detrás ni la alegría contagiosa de un Dadá, ni la irreverencia onírica del surrealismo, ni una ideología nueva, vieja o inventada, que les de un poco de sustento.

Su nada es preocupante porque evidencia que no sólo andan de paro en las neuronas sino en las ganas. Y no hay subsidio del Estado para eso. A nadie le interesa subvencionar a especies que se vanaglorían de su nada de tiempo para pensar en otros ni en sí mismos. Que no saben más que mamar de una teta por ahora abundante pero escurridiza como buena teta.

Que todo se termina. Que la frivolidad es un recurso no renovable... Lo saben, pero eso tampoco les va ni les viene. Lo importante es pasar, pasarla bien. Y eso requiere un máximo de esfuerzo extra. El nuevo rico de aquí y de allá tiene del mico su capacidad de imitación y trata de asemejarse al verdadero rico, bien pijo, a esa elite desvergonzada de derecha bien unida. Entonces, el nuevo mico, mezcla a su manera un poco del francés, una pizca del inglés, un tanto del yanqui de Manhattan y termina adaptando sus gustos a una confusa melange afrancesada de piratas, un poco imperialistas, pero no tanto que queda pachanguero. Y todo para no parecerse a nada.
Y en esto no hay muchas diferencias entre países del primer o tercer mundo. Hay gente que pasa por la vida como un transeunte, mirando los escaparates de las tiendas y gastando los últimos pulsos que le quedan.
“Y morir por morir quieren morirse al sol, la boca abierta al calor como lagartos o con la ñata contra el vidrio en un azul de frío.”
Y el mono aúlla de impaciencia...