Cuando los Norteamericanos mataron a King Kong

El nunca muy elogiado psicólogo Wilheim Reich ya sabía que, pese a todo, la guerra la habían ganado los alemanes y no los aliados.
Después del Día D y más allá de los festejos y la V de la victoria, el nazismo se había infiltrado en la conciencia colectiva como un virus ponzoñoso, para alojarse subrepticiamente en el cuerpo social hasta nuestros días. Su cultura del odio racial, el poder absoluto, la invasión infinita del territorio ajeno, el rechazo a la diferencia y a la minoría, habían ganado. El uso siniestro de la propaganda, la intolerancia y el militarismo, entre otros venenos, se colaba en nuestra sangre.
La reconstrucción de Europa, la nueva sociedad de consumo y la llegada de la televisión, enmascararon por un tiempo los efectos de esa presencia infecciosa. Pero, rápidamente, los primeros síntomas comenzaron a aparecer...
Los “yanquis” con la excusa del comunismo y los “comunistas” con la excusa de la contrarrevolución invadieron cerebros y territorios ajenos en forma sistemática y legalizada. Sofocaron toda expresión libertaria de los pueblos, cada intento de belleza y rebeldía.
Hoy quedan solo los yanquis, hijos piratas de la peor tradición europea, asesinos sofisticados que están logrando en su vigilia lo que Hitler apenas soñó: adueñarse del mundo entero, de todas las cosas, de todas las mentes y los corazones globales.
Cuando los norteamericanos mataron a King Kong, en el cine, los espectadores yanquis lloraban por la injusticia que se cometía ante ese monazo enamorado, incomprendido, tierno en su grandeza de cachorro herido por aviones, abrazado al Empire State con gesto de no entender a esos plomitos made in USA que entraban en su cuerpo de Rey del paraíso perdido. Lloraban en la oscuridad de la sala porque sabían del crimen que su ejército estaba cometiendo en nombre de la civilización occidental y cristiana. Pero después salían aliviados de que la Séptima Avenida no estuviera llena de monos. Comían una hamburguesa en la esquina. Y se tomaban un whisky o un sedante para dormir su conciencia patriótica, su insomnio de éxito irrefenable, su sonambulismo de mercado...
Y a partir de aquel momento, se les fue haciendo costumbre masacrar medusas del espacio, marcianitos verdes, guerrilleros, latinos, vietnamitas, godzilas norcoreanos...
Cuando los norteamericanos mataron a King Kong, asesinaban lo mejor del ser humano, el instinto de conservación, el amor por la naturaleza, la libertad indomable y salvaje, la maravillosa bestia que todos llevamos dentro.
Cuando los norteamericanos mataron a King Kong se mataban a ellos mismos. Se transformaban en un muerto que engulle vida, gelatinoso, omnipotente, chupasangre, salido de la más mediocre película de terror hollywoodense. Y desde allí continúan interpretando ese miserable guión escrito con sangre, tecnología y cocaína, mientras nosotros, los monos, los diferentes, los subdesarrollados resistimos sus embates como bien o mal podemos; ahuyentando aviones con una mano y, con la otra, abrazando lo poco que nos queda...
Nuestras crías ya nacen mordiendo los dientes, afilando las garras, preparando el zarpazo... Criaturas gigantes que inventarán el regreso de un nuevo animal indoblegable...


Finchu dijo
O no...
En todo caso muy buen articulo.
16 Junio 2005 | 08:13 PM