Ya, el ex-simio pensador argentino Chico Novarro, anticipándose un par de décadas a sus patéticos congéneres, planteaba: El orangután y la orangutana, el orangután y la orangutana. Estaba el orangután meciéndose en una liana, estaba el orangután meciéndose en una liana, cuando llegó la orangutana y le agarró la banana...

No obstante, y de acuerdo con un criterio biológico por él ideado, el hombre se creyó un animal superior. Más exactamente, un vertebrado, mamífero, placentario, primate, cuya característica principal sería el gran desarrollo del neoencéfalo. Desde que surgió, la especie Homo sapiens sapiens se ha extendido por la práctica totalidad del planeta, colonizando los rincones más insospechados. Para desgracia del resto de los animales, plantas y minerales, todo el globo parece ser su posible hábitat.
Según otros puntos de vista -menos antropocéntricos- se ha definido al hombre como bípedo implume, mono desnudo, cerebro nadando en agua, viscosón pensante, imposible metafísico, feroz depredador, necedad atareada, deformación evolutiva, soledad incomunicable, animal capaz de prometer, ordenador superprogramado, error cósmico... Pero, clásicamente, la primera diferencia fundamental entre el hombre y el resto de los animales se ha cifrado en su inteligencia. De manera que por ella se definía al hombre: era un animal racional. La racionalidad, hasta ahora, parecía un refugio seguro para señalar la diferencia y la supremacía del Bípedo Implume. Sin embargo, los últimos tiempos han visto esta ciudadela atacada, al surgir la denominada Inteligencia Artificial. No faltan voces abundantes que señalan que el oficio de pensar ya no es exclusivo de los humanos.

La pregunta: ¿piensan los ordenadores?, cada día resulta menos una lejana interrogación teórica y más una inmediata cuestión práctica. En muchos laboratorios y en algunas aplicaciones técnicas muy desarrolladas, los ordenadores están realizando cosas extraordinariamente cercanas a las que el hombre es capaz de hacer, y de una manera superior. La pregunta sobre si cabe llamar pensamiento a lo que hacen las computadoras no se plantea en cerrados cenáculos filosóficos, sino que está al orden del día en publicaciones especializadas y hasta en los medios de comunicación de masas como el cine.
Existe una fuerte corriente de investigadores que consideran inexistente la diferencia entre la mente humana y la Inteligencia Artificial. Estos Viscosones sostienen que las máquinas piensan, de modo pleno y con todas sus consecuencias. El numeroso grupo -denominado Partidario de la Inteligencia Artificial Fuerte- no carece de argumentos de peso y de bastantes realizaciones prácticas para mostrar y demostrar.

De hecho, la victoria definitiva de la máquina pensante sobre el hombre se ha dado ya, y fue a finales del pasado milenio, en mayo de 1997. En ese mes, el mundo entero pudo enterarse de que una máquina denominada Deep Blue había vencido en torneo a Kasparov, entonces campeón del mundo de ajedrez. El resultado (3,5 para Deep Blue; 2,5 para Kasparov) consumaba la victoria de la rápida inteligencia electrónica, frente a la inimaginable cantidad de lentas neuronas humanas.
Al margen de montajes publicitarios para vender computadoras, lo cierto es que la abundancia de resultados constituye el mejor argumento de los que igualan la Inteligencia Artificial a la humana. Los frutos que rinde la investigación se multiplican y abarcan un número cada vez mayor de operaciones consideradas inteligentes, exclusivas y propias del hombre hasta el momento. A su vez, aún no se ha encontrado alguna función que el humano pueda realizar y que no consiga desarrollarla un autómata suficientemente complicado.

El tiempo dirá si el Animal Superior consigue ejecutar alguna operación que podamos llamar inteligente, como repartir las riquezas, cuidar de su propio hábitat, extirpar su amor por el odio, acabar con la explotación y la opresión de sus prójimos o algo, aunque más no sea un gesto pequeño, que pueda ser considerado como exclusivo del Homo sapiens sapiens.

Puede que el esfuerzo por lograr esas metas, incluso, sirva para aprender la mejor manera de llegar a ser verdaderamente inteligente...