-Manual de Literatura Intergaláctica-
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Tenía artritis en las rodillas, pie plano, el arco vencido, apenas si podía caminar por su departamento, trastabillaba por culpa de esos tobillos inflamados como zapallos. Calzaba 49 a la sombra; en verano, sus dedos superaban cualquier zapato. Las pantorrillas chuecas completaban el cuadro con un par de uñas encarnadas y los talones casi perpendiculares al piso. Toda su vida se negó a los clavos de platino o a usar plantillas. Apuntaba su andar cansino hacia el supermercado y terminaba casi siempre en la farmacia. Aprovechaba para pesarse, comprar unas pastillas antinflamatorias y volver para su casa. Un día no consiguió regresar, por más que enfilaba decidido y tenía en cuenta el error de cálculo en su rumbo desviado. Conoció otros barrios, vivió en otras casas, dio vuelta al mundo con su enfermedad a cuestas y sus zapatones de payaso. Los de recto andar, los que se han quedado para siempre en su sitio, escuchando el paso de los trenes a lo lejos, todavía lo siguen esperando... |
Hubo una época en que existieron los hombres de una sola palabra. Con esto quería describirse a aquellos cuyos dichos o promesas no precisaban ser puestas en un papel firmado. Su compromiso “de palabra” era suficiente garantía.
Luego, cuando el prestigio y la confianza precisó de más argumentos, surgieron los hombres de una sola frase, memorable, estampada en el sagrado bronce de la eternidad.
Así han quedado y quedarán en la memoria colectiva inmensas historias de vida recortadas por la estrechez de una oración contundente. Neil Armstrong siempre será ese hombrecito que pisó la Luna pero, sobre todo, aquel que dijo “es un pequeño paso para un hombre pero un salto gigantesco para la humanidad”. Quizás, con el paso del tiempo, ya nadie recuerde a Galileo Galilei y su vasta obra, pero recordará “y sin embargo se mueve”.
Cada país tiene sus ejemplos de hombres probos o estúpidos que aún son celebrados por una única frase, célebre, póstuma, o pegajosamente televisiva.
Claro que siempre habrá casos peores, donde la historia cometa el más atroz de sus resúmenes. Vidas que pasarán al olvido como gente de una sola cifra: el cero a la izquierda.
Veinte de cada cien mujeres opinan que el Universo es cóncavo. De este pensamiento se desprende la certeza de que todo cae dentro de un pozo sin fondo y se reafirma la teoría de los agujeros negros, devorándose toda la energía y la materia.
Dos de cada diez varones afirman que el Universo es convexo. Que su centro se aleja de los bordes; lo que explicaría su tendencia a expandirse como un globo cósmico, un falo irrigado por fuerzas tremendas.
Numerosos científicos/as gays, oscilan entre estas dos teorías. Por momentos se entregan a una convexidad desenfrenada, y en otros se contentan con la concavidad que les toca. Hay seres que inventan y cultivan su propia astronomía...
El resto de la gente no sabe, no contesta, no le interesa. O piensa que las estadísticas mienten y fragmentan inútilmente la vida.
Y aunque Albert Einstein sugirió que el espacio es curvo, siempre va a haber alguien que lo vea recto, derecho y con esquinas.
Se sabe que a las mujeres sensibles y bonitas les encantan los poetas, aunque después opten por contraer matrimonio o juntarse con odontólogos, empresarios hoteleros o gerentes de banco. Pero, alguna vez en sus vidas, hasta las más bellas y codiciadas muchachas se arrojan a vivir la intrépida experiencia alternativa del amante romántico, mojando su pluma en la tinta, bajo la luna llena.
Es allí entonces, que el pobre mortal debe aprovechar esa racha de buena suerte, para arrebatar los favores femeninos de las garras de otros oficios más aventajados en estas lides, como los musculosos Bañeros o Guardavidas, atrevidos Personal Trainings o los infaltables cantantes de Pop Latino.
La primera lección que deberá aprender el novel poeta es a no desmoralizarse interiormente ante nadie y ante nada. Aunque siempre ayuda mostrar un aire de derrota y un pesimismo galopante, se deberá mantener internamente una gran autoconfianza y hasta cultivar en secreto el delirio de grandeza.
En caso de caer en una depresión inocultable, convendrá exagerar la cosa, aparentando ciertas tendencias torturantes y suicidas. Un poco de tristeza metafísica con dosis de locura, atrae a las hembras más pulposas, como el azúcar a las moscas. Por dentro, sin embargo, uno debe repararse, comparando su caso con el de colegas aún menos favorecidos, como los escritores de enciclopedias sobre aves, comentaristas de Rugby o de carreras de caballos o simples cronistas policiales; que rara vez deslumbran a las damicelas por más que se hayan recibido de doctores en filosofía y letras.
Una vez alcanzada la seguridad interior, el novato deberá proceder a la inversa: dar la imagen de un ser abatido por las vicisitudes de su época, lleno de dudas existenciales, obsesionado sobre la fragilidad de la condición humana o la crueldad en la que nos sumerge la sociedad moderna. Aunque antiguamente el ser portador de un semblante pálido, casi tuberculoso, resaltaba el prestigio y la creatividad literaria, en la actualidad alcanza con cultivar cierto aire ausente, desgarbado, miserable y solitario, para despertar la imaginación y el trato maternal de una hembra bien dotada, de tetas y de nalgas...
Algunos jubilosos o demasiado felices colegas, a los que la naturaleza les había provisto de una alegría casi innata e insoslayable, han tenido que valerse del viejo truco de usar calzados un número menor al habitual, hasta lograr ese gesto exacto del intenso sufrimiento cósmico.
Por lo demás, el joven poeta deberá escribir sus primeros versos de la manera menos ortodoxa posible, tratando que el texto fluya y sea lo suficientemente etéreo para que no se entienda. Para ello, se valdrá de un buen diccionario de sinónimos y elejirá palabras sueltas, sencillas, pero con su acepción más rebuscada y compleja. Por ejemplo: se elije “amanecer” pero se escribe “alba”. Se elije “limpias” pero se pone “diáfanas”. Luego, con el simple juego de entretejer y relacionarlas, sin más lógica que cierta armonía sonora, se logra la primera pieza literaria. Toda una ópera prima.
Terminemos pues con esta clase inicial, viendo un claro ejemplo ilustrativo:
“El alba ancla sus diáfanas aguas de sangre y lujuria vana.
Encalla y calla
en el reflejo de su propia esfera blanca”.
En la próxima clase hablaremos de cómo lograr la unidad a pesar del caos poético, y de las diversas técnicas para evitar que la mujer se nos duerma en medio de un poema. ¡Hasta luego! ¡Y a ponerse en práctica!
“Lo único que deseo para mi entierro es no ser enterrado vivo”. (Lord Chesterfield).
Esta angustiosa frase refleja que existe algo mayor que el miedo a la muerte, y es la preocupación de que un mal día nos encontremos dentro de un ataúd, solos, sin poder movernos, en una oscuridad completa, casi sin oxígeno y conociendo plenamente que hemos sido ¡enterrados vivos!
En todos nuestros países y en distintas épocas se han dado a difusión casos donde, aun dentro de la caja mortuoria e incluso en el mismo instante del velatorio, los individuos se levantan y, ante el susto de todos los presentes, vuelven a vivir.
Como no cuento más que con los casos que han sido de dominio público en Argentina y los que he recabado en internet, sólo puedo inicialmente agregar que la mayoría de los sucesos se relacionan con una enfermedad conocida como catalepsia, parálisis de sueño o catatonia.
LA CATALEPSIA
Esta dolencia se define científicamente como el estado nervioso patológico en el que se suspenden las sensaciones y se inmoviliza el cuerpo en cualquier postura, por antinatural e incómoda que resulte. En ella, las personas mantienen el cuerpo en la posición en la cual son colocadas. Esta reacción se suele observar en casos severos de esquizofrenia catatónica, pero también puede ser inducida por el estrés o por medicamentos tales como el haloperidol.
La catatonia de Kahlbaum constituye una afección que presenta una característica clínica bien precisa. El enfermo se presenta como doblado sobre sí mismo. Si se lo elonga, su flexión es tal que toma la postura de un feto, por lo que algunos psicoanalistas explican la catatonía como un retorno al estado fetal. Esta actitud en flexión -que si queremos enderezarla se acompaña de una resistencia activa muy fuerte-, constituye el síntoma mayor de la catatonía, el negativismo u oposición al cambio de posición.
Por otra parte, el semblante del catatónico es de una palidez especial, debida a una vasoconstricción de los vasos y capilares de la cara. Si sumamos a este color terroso del rostro la desaparición de la vivacidad en la mirada, tenemos la impresión de encontrarnos verdaderamente con un cadáver. Quizás por eso, los autores españoles de la Edad Media, tales como Perera de Medina, relatan que algunos enfermos catalépticos corrieron el peligro de ser tomados por muertos.
Algunos creen que no se trata de ineficiencia por parte de los profesionales de la medicina, sino que el fenómeno paranormal existe. Por alguna razón la muerte clínica es certificada, aun con el uso de un osciloscopio y su marca horizontal y el trazo plano. Sin embargo, el suceso se verifica luego, cuando se realizan exhumaciones en distintos cementerios, particularmente de pueblos donde no existe tecnología para determinar fehacientemente la muerte somática.
LAS DEFINICIONES DE LA MUERTE
Aunque sin duda pecaremos de falta de rigor científico, aquí se hace necesario definir las tres etapas que involucra la muerte: la clínica, la somática y la molecular.
La clínica es aquella que dictamina un médico, a través de cierto protocolo que puede incluir el uso de un estetoscopio, la reacción de pupila de ojo, la punción de encías, el vaho en fosas nasales, hasta el uso de cardioscopios para detectar la frecuencia vital.
La muerte somática se puede definir cuando el sujeto efectivamente está muerto, pero sus órganos siguen vivos. Es el caso de los implantes de riñón o incluso de corazón. Los tejidos son conservados una vez extraídos del muerto e injertados en otro organismo.
La muerte molecular es cuando la cadena de descomposición arrastra prácticamente a todo el cuerpo y ya es imposible revertir el proceso.
La pregunta que cabe entonces: ¿Muerte dónde estás...? Con cierta propiedad podría decirse que única y finalmente en la molecular.
Pero ni las definiciones de la muerte ni la existencia comprobable de la catalepsia pueden explicar el mito tan difundido de los Enterrados Vivos, cuya inquietante popularidad parece haber dado origen al velorio de 24 horas, tal cual hoy lo conocemos.
Son numerosísimos los ejemplos que se relatan de boca en boca y ahora a través de internet. El más notable cuenta que durante el conflicto de Vietnam se conoció que muchos de los cadáveres de soldados que retornaban para ser sepultados en su país, presentaban signos de haber vuelto a la vida dentro del féretro.
Para referirme a Argentina, yo mismo he relatado en esta página la historia de Rufina Cambaceres, cuyo cuerpo fue encontrado aferrado a la reja de la bóveda familiar, intentando salir. O la leyenda del famoso animador Héctor Coire, pionero de la televisión argentina, en la que se asegura que, al ser abierto el cajón, se hallaron marcas de rasguños en el interior de la tapa y su cuerpo dado vuelta, boca abajo. También se agrega el caso de Alfredo Gath, uno de los dueños de la tienda Gath & Chaves que, como temía ser enterrado vivo, preparó un féretro que se abría por dentro y contenía una campanilla para dar la alarma.
Por último, y para dar un toque de humor a tan truculento tema, les recomiendo ser enterrados con un teléfono móvil o una Notbook que tenga las baterías bien cargadas. Si no logra llamar, envíe un mail o deje un rápido comentario... ¡Que enseguida saldremos hacia allí con nuestras palas!